Canción inexistente para el hijo que no tengo
En un círculo de calor te canto, hijo de mis entrañas
tu madre es un pez de plata que mancha sus dedos de polvo.
Tu madre está callada y quieta. Oculta.
No bebas de mí que sólo me fluye una leche amarga,
una tristeza negra que aletarga y entumece.
Yo te amo, hijo mío pero he de sepultarte,
dejar tu cuerpo hermoso y blando sembrado bajo un árbol.
Tu cuerpo que no llora ni se mueve. Caliente aún.
La luz es dorada y mi voz fría y plomiza nos envuelve.
Te he de cantar la canción más bella y dolorosa
que me salga de este cuerpo torpe y sucio.
Este cuerpo que es una mancha de hollín en tu hermosa cabeza.
Sin querer, hijo mío, al tenerte entre mis brazos te he envenenado.
Mi voz se te metió dentro y te crece ya como un cáncer.
Hijo que concebí en soledad, entre cigarros y pies fríos,
hijo de mi tristeza y de mis manos, te he de enterrar.
Contrajiste mi enfermedad con mi canto, con mi leche
con el cruel cordón que nos unía y ahora morirás.
Morirás y no podré más que sembrarte,
sembrarte y esperar a que brotes
vuelto un ciprés enfermo, un ciprés triste.
Mientras prolongaré mi canto para prolongar tu muerte,
para quedarme siempre con tu cuerpo diminuto entre mis brazos.
Sentiré frío y sabré que es hora de irme.
Con las manos, con las uñas voy a cavarte una tumba, hijo mío
y desde ahí, desde dentro recordarás mi vientre
y crecerás como un ciprés largo y gris.
Un ciprés envenenado que sufrirá plagas
y al que vendré a cantarle.
Me sentaré a tu sombra y te cantaré las canciones más hermosas
que aún no existen, que inventaré para ti.
Tus hermanos irán conmigo y, durmiendo en mi regazo, morirán.
Tendré también que sembrarlos.
A tu lado, hijito mío, crecerá un bosque de cipreses grises y plagados.
Sus enfermas hojas, con el viento reproducirán
las canciones inexistentes que les canto.
E iré a mi bosque de hijos a escucharlos cantar mi propia elegía.
